domingo, 14 de marzo de 2021

Martorell Lacave, un almirante para salir a flote en tiempos difíciles.

El nuevo jefe de la Armada, especialista en submarinos y curtido en la OTAN, accede al cargo en un momento en que la crisis económica y la pandemia están mermando las unidades en activo hasta límites desconocidos.



Todo tiene un origen, una razón de ser que explica por qué las cosas son como son y no de otra forma. En el caso de Antonio Martorell Lacave (Bilbao, 1960) hay que remontarse a cuando tenía 10 años de edad y su padre, capitán de navío del Cuerpo de Ingenieros de la Armada, era director de la empresa nacional Bazán en Ferrol, junto con San Fernando y Cartagena los principales astilleros militares del país. La brisa en el pelo, el sabor a salitre, los delfines pespunteando el mar a proa... Pocas cosas le gustaban más a aquel niño que hacerse a la mar aprovechando las prácticas de las fragatas clase Baleares que allí se construían. «Allí le perdí el miedo al mar -confiesa-, pero nunca el respeto».

Este militar de carrera, con una hoja de servicios como para empapelar un pasillo, es desde el mes pasado el nuevo Jefe del Estado Mayor de la Armada. Elegido a propuesta de la ministra de Defensa, Margarita Robles, su ascenso se produjo tras la renuncia del JEMAD Miguel Ángel Villarroya, después de conocerse que él y otros miembros del Estado Mayor de la Defensa habían recibido la primera dosis contra el Covid-19 pese a no estar entre los grupos prioritarios de vacunación. Su puesto lo ocupará ahora el almirante Teodoro López, que es a quien Martorell viene a sustituir.

Aunque su puesto esté desde hace tiempo en los despachos, la carrera de Martorell no es ajena a las estrecheces de los camarotes, las pistas de despegue batidas por el viento o las mesas trazadoras. Allí los oficiales se apretujan en torno a la rosa de los vientos para calcular rumbos, calados y trayectorias de torpedos, entre una sinfonía de pitidos y ruido de estática que llega de la radio o del sónar. Experto en submarinos, el hasta ahora almirante de la Flota sabe lo que es moverse entre mamparos y pasillos angostos cubiertos de cables, válvulas y sensores, mientras el casco sumergido a 180 metros de profundidad soporta presiones de 20 kilos por centímetro cuadrado. Casi casi lo que le espera en la superficie, pensará más de uno.

Un marino «exigente»

El nuevo 'master & comander', casado y con tres hijos, se forjó en la Escuela Naval de Marín (Pontevedra), donde los alumnos de cursos inferiores al suyo le recuerdan aún como «un brigadier duro». Él no se tiene por tal, pero admite que es exigente, y lo argumenta con un aforismo que parece sacado de 'El arte de la guerra'. «La dureza se suaviza con inteligencia y la exigencia, con ejemplo, y para tener ambos hacen falta años de experiencia». Puro Sun Tzu.

En cuanto recibió el despacho en 1984, su carrera despegó y ha sido un carrusel inagotable. Embarcado en fragatas, corbetas, dragaminas, buques de asalto anfibio, cazaminas; ha sido jefe de operaciones, de sistemas de combate, comandante... En Cartagena fue donde comenzó su idilio con los sumergibles, tras dirigir el Taller de Torpedos del Arsenal y tiempo después saltó a la OTAN (habla inglés a la perfección), en cuyo Cuartel General Conjunto de Nápoles pasó destinado tres años. Entre sus condecoraciones están la Gran Cruz del Mérito Naval, la de San Hermenegildo y una docena más, nacionales y extranjeras.

Sus colaboradores más próximos -hasta el mes pasado en la Base Naval de Rota, ahora en el Cuartel General de la Armada, en Madrid- le describen como un hombre de acción, nada amigo de los despachos. También dicen que ejerce de bilbaíno, aunque ya no tenga familia allí desde mediados de los 80. Lo corrobora él mismo cuando se le pregunta por la otra 'escuadra' que desata en él pasiones: «El Athletic ha sido y será mi equipo de toda la vida», al tiempo que recuerda las tardes pasadas en el antiguo San Mamés y al que ha sido siempre su ídolo sobre el terreno de juego, Iribar. Hombre muy familiar, a Martorell sólo se le conoce un vicio inconfesable: el modelismo. Ese y los libros de Historia (en la actualidad está leyendo 'Los Tercios', de Javier Esparza).

25 buques menos

No parece que Martorell lo vaya a tener fácil en un momento marcado por las estrecheces. La Armada lleva años perdiendo recursos a un ritmo galopante, primero por culpa de la crisis de 2008 y después de la pandemia, cuyos rigores han obligado a reorientar las prioridades de Defensa. Lo demuestra el hecho de que desde 2008 se hayan dado de baja 25 buques y sólo se hayan incorporado nueve a la flota, algunas de ellas unidades de acción marítima (BAM) destinadas a misiones de salvamento y apoyo al rescate.

Martorell es experto en submarinos, precisamente el arma que atraviesa la peor situación. Las tres unidades con que contaba la Armada el año pasado han superado ya su edad de jubilación después de 35 años de servicio. La gran carena (revisión exhaustiva) a la que se sometió el 'Galerna' en 2020 y que ha concluido en enero y la retirada del 'Mistral' dejaron al 'Tramontana' como único activo de un arma «disuasoria e indetectable», en palabras de Ernesto Zarco, comandante de la flotilla con base en Cartagena, Y solitaria, habría que añadir ahora, mientras no estén listas los cuatro S-80 que fabrica Navantia por 4.000 millones de euros y cuya primera unidad, el 'Isaac Peral', no estará lista antes de fin de año.

Pero la obsolescencia de material que aqueja a la Armada española va más allá. Afecta también al AV8B Harrier, pendiente de sustitución para mantener la proyección del poder naval sobre tierra; o las fragatas de la clase Santa María, también al final de su vida operativa y a las que deberían suceder las F-110, «imprescindibles», ha descrito Martorell, en un país tan dependiente del tráfico marítimo como el nuestro. Tiene por delante todo un desafío, aunque nada como un almirante para salir a flote en tiempos difíciles.


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